La triple B de Steelers se convierte en póker

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Después de haber vivido un Packers-Cowboys que terminó siendo uno de los mejores partidos de los últimos tiempos, todos llegamos al segundo plato de la noche con la sensación que ya habíamos visto suficiente football. Si a eso sumamos que ni los Pittsburgh Steelers ni los Kansas City Chiefs se salieron del guion escrito durante los días previos, tenemos como resultado un encuentro que pudo parecer algo plano.

Pero plano no quiere decir malo, ni mucho menos. Fue un duelo jugador de poder a poder, en el que ambos conjuntos pusieron sus cartas sobre la mesa desde el kickoff inicial y que no se resolvió hasta los últimos instantes del mismo. Uno de esos partidos a cara de perro, posiblemente poco vistoso para el espectador ocasional pero una delicia para el aficionado regular al football.

James Harrison arengando a su equipo, vía steelers.com

Para mí la clave estuvo en las trincheras. Como no podía ser menos en un partido de estas características, todo se resolvió en el fango. En esa batalla que llevan a cabo todas las bestias hambrientas en apenas unos metros cuadrados. Los Steelers se hicieron fuertes desde ahí tanto en ataque como en defensa, honrando a todos esos predecesores que hicieron grande a la franquicia acerera. Porque esta es la verdadera idiosincrasia de los de Pittsburgh y no los fuegos artificiales que nos han intentado vender estos últimos años. Solo en el momento que han vuelto a sus orígenes han podido volver a ser un aspirante real al título.

El cara a cara entre la línea ofensiva de Steelers y el front seven de Chiefs partía como el punto más determinante para decantar la balanza hacía un lado u otro. Pues bien, los primeros ganaron claramente la partida durante las primeras 80 yardas del campo y los segundo imponían su ley en el momento que la serie llegaba a su propia redzone.

Le’Veon Bell, quien volvió a demostrar un día más porque es el mejor running back de la actualidad, campó a sus anchas por Arrowhead en todos y cada uno de los drives de su equipo, sin que Kansas City encontrara la solución para detenerlo. Aunque en favor de estos hay que decir que a la pregunta de si hay alguien que se capaz de parar a día de hoy a Bell, la respuesta es claramente no. Y el único que podría decir lo contrario es el genio Belichick, quien a buen seguro tendrá preparada alguna sorpresa para el próximo fin de semana.

Mucho se habla de la paciencia que tiene Bell a la hora de correr, la cual está tomando tintes cómicos. El estilo que tiene es único y no tiene precedentes en la liga. Este domingo no es que tuviera paciencia, sino que incluso en alguna ocasión se le pudo ver cómo llegaba a la línea de golpeo andando, donde se paraba a esperar que los bloqueos de sus “gordos” se desarrollaran, para después salir disparado. Pero Bell no solo vive de esta paciencia, sino que tiene un abanico de recursos infinito: giros, fintas, engaños, a cada cual más estilizado. Sin duda, es el principal bastión de los Steelers en su lucha por llegar al Superbowl después de seis años de sequía.

Boswell chutando un field goal, vía steelers.com

Entre la OL y Bell se encargaron de llegar al campo rival hasta en siete ocasiones, sin embargo, cuando el espacio se estrechaba y los Chiefs eran capaces detener al running back, los Steelers se chocaban una y otra vez con el mismo muro. Ben Roethlisberger no está bien, y su dependencia casi total del otro lanza del equipo, Antonio Brown, es cada vez más evidente. Esto hizo que el partido tuviera un protagonista inesperado. Chris Boswell, el kicker que se hizo famoso por el intento de rabona a principios de temporada, fue el único capaz de subir puntos al marcador de los visitantes. Hasta seis field goals convirtió sin fallo y a cada cual más seguro que el anterior, siendo la segunda vez en el año que repite esta hazaña, y convirtiéndose así en el cuarta pata que le faltaba al trío de “B” para convertirse en póker.

18 puntos podían parecen pocos para vencer a los Chiefs si tenemos en cuenta que esta campaña habían crecido en agresividad. Sin embargo, el front seven de los acereros estuvo inconmensurable. No dieron ninguna opción a que los locales pudieran establecer el juego terrestre tan necesario para ellos, y a partir de ahí, el barco se les empezó a hundir. Alex Smith tuvo que llevar todo el peso de la ofensiva, y aunque el brazo no se le encogió, no le ayudaron ninguno de sus receptores, quienes tuvieron drops clamorosos en todas las zonas del terreno de juego, incluido la endzone rival.

Tras un touchdown en una primera serie en la que Andy Reid tiró de pizarra, y un gol de campo en el tercer periodo, los Chiefs se plantaron mediado el último cuarto a ocho puntos de los Steelers y con posesión. Era la auténtica reválida para un conjunto que ha sido tachado mil y una veces de ser incapaz de apretar cuando la ocasión lo requiere.

Enfrentándose a su propio enemigo, lograron incluso completar dos cuartos down, además de salir de una situación muy peligrosa después de una infracción de 15 yardas. Atravesaron el emparrillado, anotaron el touchdown, pero cuando la fiesta parecía ser completa después de que en la jugada siguiente consiguieran la conversión de dos, esta quedó invalidada por holding de Fisher, el tackle izquierdo, al eterno James Harrison. En su segundo intento desde diez yardas más atrás no pudieron repetir éxito, y todo Arrowhead quedó en silencio mientras veían como su equipo había remado hasta el final contra viento y marea para terminar ahogándose en la orilla.

Un final muy duro que certificó una vez más lo importante que es llegar a postemporada con la chispa y el momento necesario que tienen todos los campeones. Los Chiefs son un equipo más completo, pero los Steelers viven para estas ocasiones, y como franquicia grande que son supieron ganar un partido feo de ver, sin anotar tan siquiera un solo touchdown. Simplemente hicieron lo que llevan haciendo toda la vida, viajando a lomos de un Bell imparable, y apostando por un Boswell que jamás olvidarán en Kansas City.

Por Stéfano Prieto

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